Un fin de semana largo de 4 días da para mucho. Sobretodo cuando hace buen tiempo en tu ciudad, tienes ganas de hacer mil cosas y sientes que todo es posible… Y terminas limpiando el disco duro de roña cibernética acumulada tras años de ocultar archivos y descargas incompletas. En estas me encontraba hace escasos minutos disfrutando de la nada gratificante aunque necesaria tarea de higienización de las tripas de la bestia, delante de la pantalla, cuando me he tropezado con el Capricho Árabe de Paco de Lucía. He hecho doble clic.
Entonces he pensado en mi última – y primera – incursión en el blog y, embargado por la nostalgia de los acordes de una guitarra española, todo se ha precipitado en mi lóbulo frontal como una avalancha: el verano, Finlandia, Mathi… He entrado en Metacítrico y mi mirada se ha posado sobre la fecha. ¡Nueve de agosto! Casi medio año ha pasado ya, llevándose el calor del Sol y las horas de luz por la tarde y regalándonos a cambio la gripe A y el plan Bolonia. Envalentonado, he decidido hacer algo en pro de esta nostalgia (que pretendo avivar en mí escuchando en modo repetición el Capricho Árabe) y como un signo de rebeldía e inconformismo infantil – por su inutilidad – he decidido desenfundar el teclado y combatir el inexorable paso del tiempo con mis recomendaciones de discos, aspirando a hacer retroceder al enemigo.
Me he decidido por algo que para mí refleja un pasado cuya huella todavía está fresca. Mi tía, después de una temporada en Brasil, me trajo un disco de música brasileña comprado en Barcelona. Como todo hijo de vecina en esa edad incierta entre los 18 y 21 (a la que un día debería dedicar espacio para discutir un nombre pegadizo) en ese momento proferí improperios para mis adentros porque yo quería cosas tecnológicas y relucientes. No lo escuché por primera vez hasta hace poco. Y me llevé una tremenda sorpresa nada más oír los primeros compases. El disco abre con un autor que me era completamente desconocido, Elron Chaves, pero lo que sí identifiqué en Eu também quero moccotó fue un tributo a Mercy, mercy, mercy de Joe Zawinul. Me quedé enganchado.
Al ver el contenido de este álbum, titulado Brasilicatessen vol.1 (5 años más tarde seguimos sin noticias de un vol.2) y después de leer los autores y años de lanzamiento al mercado musical de cada pista, uno se da cuenta de que lo que tiene entre manos es mucho más que un paseo por el panorama musical brasileño. Aunque hay algunas canciones que eran novedad por aquel entonces, predominan temas de mediados de los 60 y 70 y aprovecho para avanzar que su sonido, no se si debido a una remasterización o a qué, es extraordinario. ¿Y a quién debemos agradecer esta ventana al mundo? Al siempre interesante Bruno Galindo que no se dejó llevar como yo por la añoranza y supo mantener un buen balance entre los ritmos de bossa y samba, rebajando el tempo cuando hace falta con algo más parecido al tropicalia y brazilian jazz. Del conjunto resulta una mezcla exquisita, algo que podría servir de inspiración para los menús del Bulli para la temporada que viene. A ratos delicado, a ratos duro y seco, siempre con ese telón de fondo en el que uno no puede dejar de imaginar playas infinitas doradas, mulatas en bikini y niños sonrientes jugando a fútbol, contrastando con extensiones infinitas de favelas mugrientas, narcotraficantes con subfusiles y niños jugando a ser delincuentes.
Un panorama que ha ido evolucionando a la par que una sociedad que ha tenido que adaptarse a su nuevo papel de superpotencia emergente sufriendo grandes cambios que el arte – la música lo que nos concierne – ha ido plasmando. Desde 1965 hasta 2003, Wanderléa o Marcelo D2 nos permiten ver atractivos cuadros pintados con un estilo muy diferente pero partiendo de la misma paleta de colores. Si uno pasea la vista por los créditos, no podrá pasar por alto una colaboración de Chico Buarque y Ennio Morricone en la que, el que posiblemente sea el compositor de bandas sonoras más famoso del siglo XX y uno de los más prolíficos de todos los medios, demuestra de nuevo porqué Sergio Leone confió en él una vez tras otra. La Balada do Louco de Os Mutantes es otra recomendación que junto con Sem Bla Bla Bla (Marcelinho Da Lua) ejemplifican a la perfección los contrastes de los cariocas.
Y ya que la última vez dejé una cancioncilla y aprovechando que se ha mencionado en el texto, un sonido tan extraordinário que Metallica lo usa para abrir todos sus conciertos. Ladies and gentlemen… The one… The only… Il buono, il brutto, il cattivo.
7/10, podría incluir más repertorio de los ’80.
Pero hasta que no lo escuches no sabrás si te gusta